“¿Cómo fue que quebraste?”, preguntó Bill. “Gradualmente. Y después inmediatamente”, contestó Mike.
Fiesta, Ernest Hemingway

El 14 de octubre del año 2001 se celebraron elecciones legislativas nacionales en la Argentina. En ellas el Partido Justicialista obtuvo el 35 % de los votos contra un 22 % de la Alianza UCR-Frepaso, que venía de vencer en las presidenciales de 1999 con el 48 % de los votos, contra un 38 % de su principal rival. En dos años el gobierno de De La Rua había perdido un caudal de votos de 26 puntos porcentuales, anticipando la crisis política.

A principios de noviembre de 2001 el Estado Nacional realizó un megacanje de bonos para diferir pagos de deuda que no podía afrontar. Ya hacía tres meses que la Provincia de Buenos Aires había lanzado su cuasimoneda, el Patacón, para poder abonar salarios de empleados públicos y deudas con proveedores. Ambos fueron casos de «reperfilamiento» de pagos.

Pocos días después, el 12 de noviembre, el riesgo país alcanzó por primera vez los 2504 puntos. Pasaron tres semanas y el 3 de diciembre el Estado se vio en la necesidad de bloquear la salida de depósitos de los bancos para frenar la corrida financiera. El 20 de diciembre el presidente renunció, asumiendo la dirección del país un gobierno de emergencia. Para los primeros días de enero de 2002, ante la falta de dólares, las tenencias bancarias en esa moneda fueron pesificadas.

Desde el Magacanje hasta la quiebra total del sistema sólo pasaron 60 días. Cabe preguntarse, con absoluta validez, si la cronología de los hechos actuales guarda correlación con lo ocurrido durante los últimos meses de 2001.

La estabilidad de cualquier sistema colectivo depende del funcionamiento de sus estructuras de poder, aquellas que permiten a los ciudadanos y ciudadanas confiar en la delegación de las tareas de gobierno hacia sus representantes. Si dichas estructuras de poder son percibidas como débiles o poco confiables, es esperable que se genere cierta inestabilidad emocional en la ciudadanía que derive en comportamientos individuales defensivos, un “sálvese quien pueda” cuando se percibe que ya nadie está al comando del timón.

Parecería bastante lógico que ante una situación de este tipo se intente al máximo reducir la duración de la inestabilidad ya que su perduración rompe el tejido social, que entra en desesperación con resultados desastrosos. Sin embargo, hasta el reciente anuncio de fuertes medidas de carácter financiero, como el control a la fuga de divisas y la liquidación de exportaciones, el gobierno actual se ha negado sistemáticamente a hacerlo, quizás por razones ideológicas, quizás por otros intereses. Esta demora ha socavado, al principio lentamente y luego en forma repentina, sus fuentes de poder, algo que ha quedado en evidencia en las recientes elecciones PASO.

La cronología de 2001 demuestra que una crisis política de magnitud no resuelta rápidamente termina en catástrofe. Es tiempo de que quienes tienen la responsabilidad de cumplir con el mandato de la ciudadanía cobren conciencia de que ya no hay más tiempo para jugar con fuego.