Aguante corazón, aguante
La Selección estuvo contra las cuerdas, al borde de la eliminación y del adiós de Messi. Entonces apareció el corazón para escribir otra jornada inolvidable.
Ya pasaron casi 24 horas.
Bajó un poco la adrenalina, volvimos al trabajo, a la rutina, a contestar mensajes que ayer quedaron sin responder. Algunos hasta pudieron dormir un poco mejor. Recién ahora, con el corazón un poco más tranquilo, aparece esa pregunta difícil de responder: ¿qué fue exactamente lo que vivimos ayer?
Porque explicar el partido es relativamente sencillo.
Argentina jugó mal durante gran parte de la tarde. Fue un equipo lento, previsible, incómodo. Las estadísticas dirán que tuvo la pelota, que remató más veces al arco, que generó situaciones suficientes como para ganar antes. Todo eso puede ser cierto. Pero el partido, hasta los 75 minutos, se jugó exactamente como quería Egipto.
Lo difícil no es explicar eso. Lo difícil es poner en palabras todo lo demás. La bronca cuando Messi malogró el penal. La resignación después del 2-0. Ese silencio que se hizo en miles de casas de la provincia, en bares, clubes, plazas y pantallas gigantes. La sensación, por primera vez en mucho tiempo, de que la historia realmente podía terminar ahí.
Porque sí, Argentina podía quedarse afuera del Mundial. Pero había algo todavía más difícil de aceptar. Podía ser el último partido oficial de Lionel Messi con la camiseta de la Selección Argentina. Y ahí cambió todo.
Con Cabo Verde la pasamos mal, sufrimos como nunca hubiéramos imaginado, pero siempre quedó la sensación de que el partido estaba al alcance. Ayer no. Ayer el reloj empezó a transformarse en un enemigo. Cada minuto que pasaba era un minuto menos de Messi vestido de celeste y blanco. Y eso duele.
Duele porque todos sabemos que el final existe, aunque hagamos todo lo posible por ignorarlo. Hubo una generación que vivió así los últimos partidos de Diego Maradona. Los disfrutó, los defendió y, finalmente, los lloró. A nosotros también nos va a tocar. Quizás y solo quizás no sea al terminar este Mundial. Ojalá que no. Pero el tiempo es el único rival al que ni siquiera Messi puede gambetear.
Por eso ayer no se trató solamente de una clasificación. Se trató de ganar un partido más con él. De postergar, aunque sea un ratito, esa despedida que nadie quiere mirar de frente.
Y cuando apareció el descuento de Cuti Romero, pasó algo extraño. Ya no importaban demasiado los errores tácticos, ni la circulación lenta, ni el planteo. Argentina dejó de jugar el partido ideal y empezó a jugar el único que quedaba. El partido del corazón. Ese que no aparece en ninguna pizarra. Ese que no se entrena durante la semana. Ese que nace cuando once futbolistas entienden que ya no juegan solamente por un resultado, sino por algo mucho más grande que ellos mismos.
Después llegó el empate de Messi, acomodándose tranquilo entre los goles más gritados de la Selección Argentia. Y, cuando parecía que el alargue era inevitable, el cabezazo de Enzo Fernández tras un centro sublime de Lautaro Martínez, terminó de escribir una de esas historias que dentro de algunos años seguiremos recordando exactamente dónde estábamos cuando ocurrieron. ¿En el medio? Un corte exquisito de Leandro Paredes, de esos que valen tanto como un gol. En ese cruce recuperó algo más que una pelota: le devolvió el alma a más de 40 millones de argentinos, que ya se escapaba mientras cuatro egipcios corrían mano a mano contra la humanidad del Dibu Martínez.
Quizás por eso los festejos fueron tan desbordados. Porque, objetivamente, Argentina apenas se metió entre los ocho mejores del Mundial. Hace unos años, probablemente nadie hubiera salido a la calle por unos cuartos de final.
Pero ayer no se festejó una instancia. Se festejó haber sobrevivido. Se festejó seguir creyendo. Se festejó que todavía queda una función más.
Las imágenes llegaron desde todos lados. A lo largo y ancho del país se repitió la misma escena: familias abrazadas, chicos con la camiseta puesta, bocinazos, banderas, lágrimas y desconocidos fundidos en un abrazo.
No era solamente fútbol. Era alivio. Era felicidad. Era la certeza de que el viaje continúa. Y quizás ahí esté la mayor enseñanza que dejó esta Selección. Cuando las ideas no alcanzan, cuando el funcionamiento desaparece y cuando las piernas empiezan a pesar, todavía queda algo que nunca se negocia. El amor propio. Esa rebeldía que la llevó a levantar la Copa del Mundo en Qatar. La misma que ayer le permitió levantarse de un 0-2 cuando todo parecía terminado.
Claro que Scaloni tendrá mucho para corregir. Sería un error enorme creer que el corazón alcanza para ganar un Mundial. No alcanza. Habrá que recuperar funcionamiento, encontrar variantes, volver a tener el control de los partidos y depender un poco menos de la inspiración de Messi.
Pero también sería injusto minimizar lo que ocurrió. Porque hay partidos que se ganan jugando bien. Y hay partidos que solamente pueden ganarse creyendo. Ayer fue uno de esos. Así que disfrutémoslo.
Disfrutemos de Messi corriendo a los 39 años como si todavía tuviera veinte. De sus lágrimas después del partido. De esa obsesión por seguir compitiendo cuando ya no tiene absolutamente nada que demostrarle a nadie. Disfrutemos de esta Selección que, aun en sus peores tardes, sigue encontrando la manera de hacernos sentir orgullosos.
Porque el día que Messi ya no esté, el día que esa camiseta número 10 vuelva a quedar vacía, vamos a extrañar incluso tardes como la de ayer.
Las sufriremos menos, seguramente. Pero las vamos a extrañar muchísimo más de lo que hoy imaginamos.
Aguante el fútbol.
Y, sobre todo, aguante corazón, aguante.



