Los datos de pobreza son “ficción metodológica” y casi el 60% de los niños depende de asistencia
La UCA advierte que la baja de la pobreza no refleja mejoras reales mientras crece la dependencia alimentaria y persisten fuertes desigualdades sociales.
La reciente difusión de los datos de pobreza en Argentina volvió a encender el debate público. Mientras el Gobierno de Javier Milei insiste en mostrar una fuerte baja en los indicadores sociales, distintos especialistas y estudios académicos advierten que esa mejora es, en gran parte, más estadística que real, y que la situación de fondo continúa siendo crítica, especialmente entre niños y adolescentes.
Según los datos del INDEC correspondientes al segundo semestre de 2025, la pobreza alcanzó al 28,2% de la población, lo que representa a unas 13,5 millones de personas. Sin embargo, el sociólogo Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, puso en duda la solidez de esa cifra al señalar la existencia de una “ficción metodológica” que distorsiona la medición. En ese sentido, explicó que el descenso es real en términos técnicos, pero no refleja una mejora sustancial en las condiciones de vida.
El especialista apuntó principalmente contra el uso de canastas de consumo desactualizadas, construidas con parámetros de 2004 y 2005, que no contemplan el peso actual de los servicios básicos en el gasto de los hogares. Hoy, tarifas como luz, gas, agua, transporte y comunicaciones absorben una proporción mucho mayor del ingreso, reduciendo significativamente la capacidad de consumo. El famoso cobro, pago y ¿ahora qué? En ese marco, advirtió que una familia puede dejar de ser considerada pobre en términos estadísticos, pero sin haber mejorado realmente su bienestar.
A esto se suma que el índice de precios actualizados para actualizar esas canastas también mantiene ponderaciones antiguas. La combinación de ingresos mejor medidos con parámetros de consumo atrasados genera, según Salvia, una caída de la pobreza que ”parece extraordinaria”, pero que no se condice con la realidad cotidiana. De hecho, el propio sociólogo remarcó que el consumo de productos básicos, como alimentos, continúa en retroceso, lo que contradice la narrativa oficial.
En paralelo, los datos más recientes de la UCA muestran que la situación es aún más grave en la infancia. La pobreza alcanza al 53,6% de los niños y adolescentes, mientras que la indigencia se ubica en el 10,7%. Si bien estas cifras representan una mejora respecto de los picos registrados en 2023, la tendencia de largo plazo sigue siendo alarmante: desde 2010, la pobreza infantil no dejó de crecer, con breves descensos en períodos de recuperación económica.
El informe también revela que el 28,8% de los menores sufre inseguridad alimentaria, y que un 13,2% padece su forma más severa. En este contexto, la asistencia alimentaria alcanzó al 64,8% de los niños, un récord histórico que evidencia la magnitud de la dependencia de comedores y programas estatales para cubrir necesidades básicas. Lejos de reflejar una mejora estructural, estos datos muestran una consolidación de la vulnerabilidad, en medio de una fuerte discusión por el ajuste de Nación en programas de asistencia alimentaria.

La crisis no se limita a los ingresos. Se trata de una problemática multidimensional que impacta en la salud, la educación y las condiciones de vida. Durante 2025, el 19,8% de los niños dejó de asistir a consultas médicas u odontológicas por motivos económicos, mientras que el 20,9% vive en situación de hacinamiento y el 18,1% en viviendas precarias. Además, el 42% no cuenta con acceso adecuado a servicios de saneamiento y el 37,5% enfrenta privaciones en vestimenta.
En este escenario, las transferencias sociales, como la Asignación Universal por Hijo, alcanzan al 42,5% de los menores, pero no logran cubrir a la totalidad de quienes se encuentran en situación de pobreza. Tal como explicó la investigadora Ianina Tuñón, estas políticas fueron diseñadas para complementar ingresos, no para sustituirlos, por lo que su efectividad depende en gran medida de la existencia de empleo formal, un aspecto que continúa estancado.
En efecto, la falta de trabajo de calidad aparece como uno de los principales límites para revertir la pobreza. El empleo privado no muestra crecimiento sostenido, el empleo público se reduce y aumentan las formas de trabajo informal y precario. Esto configura un escenario de estancamiento social en el que amplios sectores, especialmente la clase media baja, ven deteriorarse su capacidad de consumo y sus condiciones de vida.
En este contexto, las afirmaciones del presidente Milei sobre haber sacado a millones de argentinos de la pobreza, con cifras que fueron variando con el correr de los meses, contrastan con la experiencia cotidiana de la población y con los datos estructurales. La combinación de salarios rezagados, paritarias limitadas, aumento de tarifas y una medición estadística cuestionada pone en duda la consistencia del relato oficial.
Lejos de una recuperación sólida, los indicadores muestran una sociedad cada vez más fragmentada, con sectores de altos ingresos que logran sostenerse o incluso mejorar, y una mayoría que enfrenta crecientes dificultades. En ese marco, la pobreza infantil aparece como uno de los rostros más crudos de un modelo económico que, según advierten los especialistas, no logra revertir las desigualdades de fondo y amenaza con consolidarlas en el tiempo.





