Un Presidente más afuera que adentro: Milei, Israel y la política de las ausencias
Milei viaja a Israel en medio de tensiones globales mientras crecen los escándalos de sus funcionarios y crecen las críticas por sus ausencias en actos nacionales.
Hay viajes que son diplomacia. Y hay viajes que son definición política. El viaje de Javier Milei a Israel, previsto entre el 19 y 22 de abril para participar de los actos por el Día de la Independencia, parece inscribirse claramente en la segunda categoría: no es una visita más, es una señal. Otra más, en una cadena de gestos que muestran hacia dónde mira, y hacia dónde no, Presidente argentino.
Mientras en el plano interno se acumulan tensiones, cuestionamientos y escándalos que salpican a figuras centrales del oficialismo, Milei vuelve a elegir el exterior como escenario. Esta vez, para asistir a la tradicional ceremonia de encendido de antorchas que conmemora la creación del Estado de Israel en 1948, un evento cargado de simbolismo político donde su presencia no pasará desapercibida. Será, además, su tercera visita oficial a ese país desde que llegó a la Casa Rosada, tras sus viajes de febrero de 2024 y junio de 2025, cuando incluso anunció su intención de trasladar la embajada argentina a Jerusalén. Sí, Milei viajó más veces a tierras israelíes que a muchas de las provincias argentinas.
Pero el dato no es sólo la reiteración del destino, sino el contexto. El viaje se produce en medio de una tregua frágil entre Estados Unidos e Irán, en un escenario regional atravesado por conflictos abiertos y equilibrios inestables. Y en ese tablero, la Argentina de Milei ya dejó de ser un actor neutral. La decisión de declarar a la Guardia Revolucionaria iraní como organización terrorista, sumada a sus declaraciones públicas contra Teherán, no solo marca una posición: redefine el lugar del país en el mundo.
Esa definición no es nueva, pero sí cada vez más explícita. Durante una disertación en la Universidad Yeshiva, en Nueva York, el propio Milei se encargó de despejar cualquier duda: dijo sentirse orgulloso de “ser el presidente más sionista del mundo” y justificó su postura al afirmar que Irán es un enemigo de la Argentina, en referencia a los atentados contra la AMIA y la embajada de Israel. “Pero además tengo una alianza estratégica con Estados Unidos e Israel”, remarcó. No es una frase al pasar: es una declaración de doctrina.
En esa línea, el alineamiento con Donald Trump y con el primer ministro israelí Benjami Netanyahu ya no admite matices. Mile no solo respalda sus políticas (aislandose del mundo una y otra vez), sino que adopta su lógica: polarización, confrontación y una lectura del escenario global en términos de “amigos” y “enemigos”. El problema es que, en ese esquema, Argentina abandona una tradición histórica de equilibrio diplomático para convertirse en parte de conflictos que le son ajenos y que difícilmente le reporten beneficios concretos.
Kipá si, escparapela no
Sin embargo, más allá de la política exterior, hay una dimensión que vuelve a aparecer y que ya había quedado expuesta, como en aquella escena en el Muro de los Lamentos: la relación del Presidente con los símbolos. Porque mientras Milei se muestra activo, presente y emocional en escenarios internacionales, su vínculo con las fechas y gestos nacionales parece, cuanto menos, errático.
Este año no estuvo en Tucumán para el Día de la Independencia. En 2024, su presencia allí estuvo condicionada por la firma del denominado “Pacto de Mayo”, más cercano a una negociación de poder con gobernadores que a una celebración patriótica. Se limitó a actos casi privados por los caídos en la Guerra de Malvinas. Y el 24 de marzo, mientras se conmemoraba el Día de la Memoria, su gobierno volvió a instalar la idea de “memoria completa”, reabriendo debates que la sociedad argentina ha construído durante décadas.
La pregunta entonces no es solo por qué viaja, sino qué elige representar. Porque gobernar no es solo administrar, también es encarnar símbolos, prioridades y pertenencias. Y en esa construcción, Milei parece sentirse más cómodo en los escenarios internacionales que en las ceremonias propias, más alineado con agendas externas que con las discusiones internas.
Nadie discute el derecho de un presidente a definir su política exterior ni a establecer alianzas estratégicas. Pero cuando esas decisiones implican abandonar tradiciones históricas de neutralidad, tensionar vínculos regionales y, al mismo tiempo, desatender o relativizar los propios símbolos nacionales, la discusión deja de ser diplomática y para ser profundamente política.
En definitiva, el viaje a Israel no es un hecho aislado. Es la continuidad de una lógica. Una en la que la Argentina parece correrse de su propio eje para pararse, cada vez con más claridad, en el de otros. Y en ese movimiento, la pregunta que queda flotando es incómoda pero inevitable: en el intento de alinearse con el mundo, ¿cuánto de su propia identidad está resignando en ese camino?



