La deuda en apps se vuelve impagable con mora arriba del 25% y familias cada vez más ajustadas
Con ingresos en caída y tasas altísimas, crece el uso de crédito para gastos básicos y se multiplican los incumplimientos en el sistema no bancario.
La morosidad en los créditos a familias se consolidó como uno de los principales focos de preocupación del sistema financiero argentino y dejó de ser un fenómeno aislado para convertirse en una señal estructural del deterioro económico. Con niveles que no se registraban desde hace más de dos décadas, el incremento de los incumplimientos atraviesa tanto a bancos como a fintech y entidades no bancarias, en un contexto marcado por la caída del poder adquisitivo y el creciente uso del crédito para sostener gastos cotidianos.
Según datos relevados por la consultora 1816, en enero de 2026 la mora en los préstamos a hogares dentro del sistema financiero alcanzó el 10,6%, acumulando quince meses consecutivos de suba. Se trata de un nivel récord desde la salida de la Convertibilidad, que refleja el impacto de un escenario económico cada vez más restrictivo para las familias, con ingresos que no logran acompañar la dinámica de precios ni el costo del financiamiento.
El cuadro se vuelve aún más crítico en el universo del crédito no bancario. Allí, la irregularidad supera el 27% y, de acuerdo con estimaciones de EcoGo, llegó al 23,9% en enero, casi cuadruplicando el nivel de mora del sistema financiero en su conjunto. En términos prácticos, esto implica que más de uno de cada cuatro préstamos otorgados por fintech y entidades no financieras presenta algún tipo de incumplimiento.
Este segmento, que en los últimos años creció con fuerza al calor de la inclusión financiera y la digitalización, es también el más expuesto al deterioro. Con menor capacidad de evaluación crediticia formal y una fuerte presencia de trabajadores informales, las fintech ampliaron el acceso al crédito, pero a costa de asumir mayores riesgos. A eso se suma un esquema de tasas considerablemente más elevadas: según 1816, los préstamos personales de entidades no financieras llegaron a tener tasas nominales hasta un 90% superiores a las del sistema bancario.
El resultado es un cóctel complejo: financiamiento caro, ingresos debilitados y una creciente dependencia del crédito para cubrir consumos básicos. En ese contexto, la mora no solo crece, sino que se acelera. El informe de EcoGo muestra que la proporción de créditos en situación normal cayó más de 16 puntos porcentuales en poco más de un año, mientras que los préstamos catalogados como “irrecuperables” treparon al 8%, casi triplicando los niveles de fines de 2024.
Dentro de este escenario, algunas compañías quedaron particularmente bajo la lupa. El caso de Ualá generó ruido en el mercado tras la difusión de estimaciones que ubicaban la mora de su cartera en niveles cercanos al 40%. Si bien desde el sector relativizan ese número y lo atribuyen a cuestiones metodológicas, como la falta de aplicación del mecanismo de “write-off” para depurar créditos incobrables, incluso las estimaciones corregidas ubican la irregularidad en torno al 17% o 18%, valores que siguen siendo elevados.
Más allá de los casos puntuales, los analistas coinciden en que el problema es de carácter macroeconómico. La suba sostenida de las tasas de interés, la volatilidad financiera y el endurecimiento de las condiciones de crédito configuran un escenario en el que cada vez resulta más difícil sostener los niveles de pago. De hecho, el propio informe de 1816 advierte que el encarecimiento del dinero, sumado a su inestabilidad, contribuyó tanto a la desaceleración del crédito como al deterioro de su calidad.
A esto se suma el impacto de las políticas económicas implementadas por el gobierno de Javier Milei, que, en su búsqueda por ordenar las variables macro, profundizaron la caída del consumo y del ingreso disponible. En ese marco, el crédito dejó de ser una herramienta para financiar bienes durables y pasó a convertirse en un recurso de supervivencia para cubrir gastos básicos como alimentos, servicios o medicamentos.
La consecuencia es un sistema que expandió el financiamiento en un contexto cada vez más frágil. Mientras los bancos comienzan a endurecer sus criterios de otorgamiento y las fintech enfrentan mayores dificultades para recuperar los préstamos, la morosidad se consolida como un síntoma de una economía tensionada, donde el endeudamiento de las familias crece al mismo ritmo que su incapacidad para afrontarlo.



