Opinión y análisis
Previsible y evitable

La noche en la que el fútbol volvió a mancharse en Avellaneda

La violencia en Independiente–U de Chile expuso negligencia, inacción y complicidad dirigencial. Todos fallaron, el fútbol volvió a quedar manchado y el sueño de la vuelta de los visitantes, hecho pedazos una vez más.

Nazareno Napal
21/08/2025
La noche en la que el fútbol volvió a mancharse en Avellaneda

El partido entre Independiente y Universidad de Chile, que debía definir los octavos de final de la Copa Sudamericana, terminó convertido en una de las escenas de violencia más brutales que se recuerden del fútbol sudamericano. Diez heridos, algunos de gravedad, más de 300 detenidos y un espectáculo de barbarie que no se borrará fácilmente de la memoria colectiva. Una nueva página de violencia. Una noche evitable y previsible, en la que casi todos tienen algo de responsabilidad.

La violencia comenzó por parte de la parcialidad visitante. No es novedad: en los últimos años, las barras chilenas se transformaron en protagonistas de varios episodios similares. Ni siquiera hace falta mirar hacia Argentina: basta recordar lo ocurrido en abril de este año en Santiago, cuando un partido entre Colo Colo y Fortaleza debió suspenderse tras los disturbios generados por la barra brava al enterarse de la muerte de dos jóvenes hinchas en las afueras del Monumental de Chile. En Avellaneda pasó lo mismo: la U de Chile llegó sin otro objetivo que romper y atacar, aún cuando el resultado deportivo lo favorecía, ya que el empate parcial de la noche clasificaba al equipo. Una actitud incomprensible, pero también habitual en ese núcleo violento que parece vivir al margen del fútbol.

El marco organizativo fue igual de irresponsable. Desde temprano, las transmisiones advirtieron que la seguridad no alcanzaba. Colocar a los hinchas visitantes en la Pavoni Alta, justo encima de los de Independiente, fue un error que rozó la negligencia. Ni alambrado, ni cordón policial, ni separación alguna: apenas una decena de guardias privados frente a cientos de barras exaltados, algunos con armas blancas caseras y otros decididos a destruir lo que encontraran a su paso. El baño de la tribuna fue destrozado y sus restos (inodoros, piedras, maderas, excremento) terminaron siendo los proyectiles arrojados sobre la hinchada local. Lo increíble: los 650 policías de la Provincia de Buenos Aires nunca intervinieron. En la previa, Conmebol pidió que no hubiera efectivos en la tribuna “para no caldear más el ambiente”. El resultado fue el opuesto: la apatía absoluta. Mientras en Brasil la crítica suele ser la represión desmedida ante cualquier mínimo gesto, en Avellaneda lo que se vio fue la inacción total, una policía paralizada.

Así el clima escaló hasta volverse insostenible. A los dos minutos del segundo tiempo, la voz del estadio ordenó el desalojo de los visitantes. Nada ocurrió. La indignación local empezó a crecer y desde las plateas se escucharon cánticos contra la propia barra de Independiente: “La barra tiene miedo”. Lo que comenzó como un reclamo de bronca terminó siendo el disparador de lo peor: cuando apenas quedaban una veintena de chilenos en la tribuna, la zona fue liberada y la barra del Rojo entró a golpear sin piedad. Golpizas, cuchilladas, desnudamientos, un hincha trasandino cayendo al vacío para salvarse de un linchamiento. Imágenes espeluznantes que inundaron las redes sociales, con un nivel de salvajismo pocas veces visto que remite más a la barbarie que al deporte.

En paralelo, la desinformación hizo lo suyo. Las fake news hablaron de tres, luego de seis muertos, aunque hasta ahora, por milagro, no hay víctimas confirmadas. Las transmisiones oficiales, en complicidad con la Conmebol, evitaron mostrar imágenes para no exponer el desastre del operativo. Lo mismo que hace Alejandro Domínguez con sus discursos contra el racismo y las pancartas: puro marketing para la foto, mientras lo que realmente pasa en las tribunas queda por debajo de la alfombra.

La respuesta dirigencial también fue patética. Néstor Grindetti, presidente de Independiente, culpó únicamente a los hinchas chilenos y anunció que pedirá los puntos en Paraguay, como si se tratara de una simple irregularidad deportiva y no de un escándalo institucional. Michael Clark, su par de la U, se quejó de la ubicación asignada a su hinchada, algo cierto, pero también omitió que sus barras llevan años protagonizando episodios violentos en cada país que visitan. Ambos eligieron mirar hacia afuera en lugar de hacerse cargo.

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Lo ocurrido en Avellaneda echa por tierra la ilusión del regreso de los visitantes, algo que en los últimos meses había recuperado cierta mística y color sin violencia. Lo que vimos fue exactamente lo contrario: una coreografía de errores, negligencias y complicidades que terminaron en la peor postal posible. Una noche evitable y previsible, en la que todos son responsables: los hinchas violentos, las barras locales, los dirigentes, la Conmebol y la policía. Todos, menos el fútbol, que otra vez queda manchado.

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