El sueño húmedo de Milei de viajar a Estados Unidos sin visa podría tardar años
El Gobierno firmó una declaración de intención, pero EE.UU. advirtió que el proceso llevará tiempo y requiere cumplir exigentes requisitos de seguridad.
Mientras crecen los aumentos en salud, transporte y servicios públicos, y la promesa de la “inflación muerta” se sigue dilatando, el Gobierno nacional parece más enfocado en concretar su fantasía geopolítica: parecerse cada vez más a Estados Unidos. Esta semana, Javier Milei volvió a reforzar ese alineamiento al recibir en Casa Rosada a Kristi Noem, secretaria de Seguridad estadounidense y figura emblemática del trumpismo duro, con quien firmó una declaración de intención para que los argentinos puedan ingresar sin visa a ese país. Una noticia celebrada por el oficialismo, aunque sin certeza ni plazos concretos.
Lejos de ser un hecho consumado, el proceso dista mucho de ser automático. La propia Noem, luego de su reunión con Milei, el canciller Gerardo Werthein y la ministra Patricia Bullrich, advirtió en una conferencia en Campo de Mayo que sería “muy difícil” que se concrete en menos de un año. En paralelo, un comunicado oficial del Departamento de Seguridad Nacional estadounidense bajó aún más las expectativas: mencionó que la inclusión en el Programa de Exención de Visado requiere el cumplimiento de “estrictos requisitos de seguridad” y que se trata de un proceso que “toma tiempo, incluso años”.
En la Casa Rosada coinciden con esta versión, aunque sin decirlo en público. Reconocen que habrá controles exigentes y un largo camino por delante. Aún así, decidieron presentar el anuncio como un logro diplomático, apostando a instalar un nuevo capítulo en su estrategia de marketing político antes que en una política pública concreta. En la práctica, los argentinos seguirán necesitando visa para ingresar a EE.UU. por un buen tiempo.
La visita de Noem (que llegó a Buenos Aires con una comitiva de seguridad y fue recibida con todos los honores) fue, además, una oportunidad para Milei de acercarse un paso más a su objetivo personal: lograr una bilateral con Donald Trump. Una reunión que se viene posponiendo desde hace meses y que todavía no tiene fecha concreta, a pesar de los constantes viajes y los recursos estatales que se pusieron en juego, como el fallido encuentro de abril en Mar-a-Lago, donde el mandatario argentino terminó sin poder verlo.
Mientras tanto, en Washington todavía se espera la aprobación del nuevo embajador, Peter Lamelas, el empresario que Milei conoció también en Mar-a-Lago y que todavía no recibió el plácet del Senado estadounidense. El Presidente planea viajar antes de esa designación, con la esperanza de que el encuentro con Trump se concrete esta vez, y pueda capitalizarlo políticamente en medio de la crisis económica local.
Promesas para pocos en una Argentina que se achica
La obsesión por el alineamiento con Estados Unidos, sin embargo, parece pensada para un grupo cada vez más reducido de argentinos: los que aún pueden costear un viaje al exterior en un contexto de recesión, con salarios a la baja y servicios que no paran de aumentar. Mientras se siguen ajustando partidas sensibles y el relato libertario insiste con una recuperación que no se ve, el Gobierno pone en agenda una política exterior con poca incidencia en la vida cotidiana y que, en el mejor de los casos, tardará años en concretarse.
La visa a Estados Unidos sin requisitos podría llegar algún día, pero hoy, como tantas otras promesas libertarias, no es más que una ilusión. Una ilusión costosa, simbólica y funcional a un relato que se construye mucho más en redes sociales que en la calle. Porque, en la Argentina real, lo urgente sigue siendo pagar la luz, el colectivo o la prepaga.


