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Triste jornada

Jubilados golpeados, periodistas heridos y un pueblo que resiste: La democracia no se merece esto

Un día que dejó heridas en el cuerpo y el alma, mostrando la otra cara de una democracia que parece olvidar a quienes más luchan por ella, con imágenes difíciles de olvidar que marcan a toda una nación.

Nazareno Napal
13/03/2025
Jubilados golpeados, periodistas heridos y un pueblo que resiste: La democracia no se merece esto

Lo que comenzó como una movilización más de cada miércoles encabezada por jubilados, y a la que sumaron hinchas de fútbol autoconvocados, sindicatos y agrupaciones políticas, terminó en una escena repetida pero no por eso menos estremecedora: represión, violencia institucional, provocaciones y un Gobierno que, una vez más, apela al uso de la fuerza contra los sectores más vulnerables.

La imagen de adultos mayores golpeados por las fuerzas de seguridad recorrieron todo el país e inundaron las redes sociales, generando una ola de repudio que se tradujo más tarde en cacerolazos espontáneos, como símbolo de un pueblo cansado, de una sociedad que empieza a decir basta.

El modus operandi parece calcado: policías infiltrados, patrulleros abandonados con las puertas abiertas en medio de la movilización, hasta armas dejadas deliberadamente en el piso, y una represión justificada a posteriori por funcionarios nacionales. Una estrategia de provocación que, lejos de buscar el orden público, termina habilitando el uso excesivo de la fuerza. El resultado: ciudadanos golpeados, detenidos y una jornada de violencia completamente evitable.

El contraste con otras movilizaciones

La represión de ayer contrasta con lo que sucedió hace algunos meses con las masivas movilizaciones en defensa de la universidad pública. En aquellas jornadas, cuya magnitud impidió el despliegue del denominado “protocolo antipiquetes” impulsado por la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, no se registraron incidentes de gravedad. En cambio, en marchas más acotadas, la represión policial siempre dice presente. La ecuación es sencilla y preocupante: donde la policía puede accionar sin límites, hay violencia; donde el pueblo se organiza de forma masiva, no hay lugar para esas provocaciones

El caso de Pablo Grillo

Uno de los episodios más alarmantes de la jornada fue el ataque sufrido por el periodista Pablo Grillo. Militante, sí, pero periodista al fin y al cabo. Grillo estaba registrando imágenes de la represión cuando recibió un disparo en la cabeza, hecho que quedó grabado en video. Las imágenes son claras y de una crudeza pocas veces vista. Lejos de condenar el ataque, la ministra Bullrich no sólo lo justificó, sino que además declaró: “Estaba en el lugar equivocado. El que se mete en una situación como esa, se expone”.

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Sus palabras no solo minimizan la gravedad del hecho, sino que envían un mensaje de amedrentamiento directo a cualquier comunicador que busque documentar el accionar de las fuerzas de seguridad. En un país democrático, atacar a un periodista es atentar con la libertad de expresión. Hasta el momento de esta publicación, Pablo Grillo se encuentra peleando por su vida luego de haber sido operado con éxito.

Mientras Manuel Adorni se plantea la idea de un "botón muteador" para callar a los periodistas incómodos, el accionar represivo en las calles se traduce en una estrategia de control similar: callar las protestas, frenar las disidencias y evitar confrontaciones incómodas. Así, tanto en la Casa Rosada como en las manifestaciones, el Gobierno parece apostar por la represión y la censura como respuesta a cualquier cuestionamiento, haciendo eco de un modelo autoritario que busca silenciar a quienes se atreven a alzar la voz.

Detenciones, cacerolazos y el dolor colectivo

Durante la represión fueron detenidas varias personas, algunas de las cuales ya fueron liberadas gracias al rápido accionar de organizaciones sociales, sindicales y organismos de derechos humanos. Pero el daño ya está hecho: una marcha de jubilados terminó con heridos, detenidos y una sociedad conmocionada.

Al caer la noche, la indignación se transformó en cacerolazos en distintos barrios del país. Una señal clara de que buena parte de la ciudadanía no avala este tipo de accionar y no está dispuesta a normalizarlo. Porque no se trata sólo de jubilados, ni de periodistas, ni de sindicatos. Se trata del derecho fundamental a manifestarse, garantizado por la Constitución Nacional, y que no puede ser pisoteado por ningún protocolo ni por ningún gobierno.

Una jornada de tristeza, después de días de esperanza

La represión del jueves duele aún más porque ocurre apenas días después de que miles de argentinos y argentinas se organizaran espontáneamente para ayudar a los damnificados por el temporal en Bahía Blanca. Un país solidario, empático y comprometido que pareció dar una muestra de unidad y de esperanza. Pero esa esperanza fue arrasada por una escena de brutalidad institucional que nada tiene que ver con una república democrática.

El golpe a los jubilados es también un golpe a la memoria, a la dignidad y al futuro de un país que parece volver a épocas que creíamos superadas. Y como sociedad, no podemos permitir que eso se naturalice. Ya no pasa por coincidir o no en un rumbo económico, ya no pasa por quienes solo apoyan un Gobierno por rechazo a lo que hay en frente. Pasa por si como sociedad seguiremos avalando la violencia institucional como forma de respuesta ante el disenso.

 

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