Hace unos meses me dispuse a ver “No necesitan presentación”, el nuevo ciclo de David Letterman en Netflix. Su primer invitado, Barack Obama, desanda en un modo interesante aspectos de su mandato, dimensiones personales, familiares, y relativas a las nuevas acciones que ha emprendido desde la finalización de su presidencia

La entrevista vale la pena por varias cuestiones. Escuchar a un estadista sin las presiones propias del cargo, despojado del protocolo, permite aprehender otros matices, reparar en las gestualidades y, sobre todo, en sus preocupaciones. En un momento determinado, Obama advierte sobre el riesgo que las (no tan) nuevas tecnologías representan para la democracia, circunstancia que nos debe llevar a pensar en cómo los Estados acompañan a las y los nuevos sujetos sociales y sus específicos (y en constante evolución) modos de interacción.

¿Qué consumimos? ¿Cómo lo hacemos? ¿Por qué medios? Son apenas tres interrogantes que deben motivar un abordaje serio, no sólo desde la idiosincrasia estatal, sino también en lo que concierne a las estructuras institucionales. Por poner sólo un ejemplo, nuestro país se rige por un modelo constitucional cristalizado en el proceso 1853/60, y enmendado en el año 1994. Dicho sistema resulta obsoleto si se atiende a las estimaciones que afirman que en los últimos 5 años, la humanidad ha generado un 90% de la información de toda la historia (Acá).

En línea con lo expuesto, resulta interesante ver las tendencias relativas a la cobertura que realizan los medios de comunicación de las campañas electorales. Naomi Klein, en el libro “No is not enough” cita, a propósito de las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, el informe Tyndall. Éste arroja un dato interesante: los informativos de las tres cadenas principales de dicho país, dedicaron sólo 32 minutos a puntos programáticos durante la campaña tras la que resultó electo Donald Trump, contra los escasos 220 minutos de la campaña de 2008. El resto fue dedicado a cuestiones banales (“reality show”).

Este combo, signado por el imperio del algoritmo, tiende a generar burbujas comunicacionales cuyo resultado es el acrecentamiento de la polarización offline. Dicho marco, sumado a la escasez de propuestas en las agendas públicas, son campo arado para las identificaciones emotivas y el imperio de la posverdad. El desafío radica, entonces, en pensar nuevos modos de articulación de la política.

Para ello, resulta imprescindible erradicar la mirada utilitarista de las redes sociales. Ellas son, en la mayoría de los casos, utilizadas a la vieja usanza, como si se tratara de gacetillas empleadas en modo unidireccional. El espacio público digital es, por el contrario, una nueva arena, que habilita inéditos modos de asociación, diversas formas de construcción identitaria, pautas individuales de regulación del qué mostrar y el hasta dónde. Isidoro Cheresky es claro al afirmar que, a partir de la proliferación de Internet (y de los dispositivos móviles), “Se constituyen vínculos reales: en un caso, de audiencia; en otros, de pertenencia y participación” (P. 250. El nuevo rostro de la democracia. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2015).

El oficialismo lo ha entendido y aplica el saber hacer desde hace unos años. Sin embargo, más allá de las estrategias políticas/electorales, resta dar el debate en torno a los impactos que estas nuevas dimensiones conllevan para el Estado y la democracia, no ya entendida en su sentido formal, es decir, el derecho a elegir y ser elegido, sino en sus alcances materiales. Allí radica la gran agenda de la dirigencia y los actores de la sociedad civil. El futuro llegó hace rato.

(*) Abogado y Director de Proyectos y Coordinador del Área de Reforma Política y del Estado del Centro de Estudios para la Gobernanza